La información sobre nutrición, tecnología o salud interesa cada vez a más personas, pero el ecosistema en el que esta se mueve está plagado de bulos difíciles de esquivar, detectar y frenar. En 2022, el primer Informe sobre la Desinformación Científica en España reportaba que una de cada 10 personas no se siente nada segura de que la información que recibe sea veraz. Entonces, la pandemia del coronavirus inundaba aún los medios y mucha de la desinformación científica giraba en torno a las vacunas, el número de muertes o las vías de contagio. Ahora, a este ecosistema se ha añadido que la inteligencia artificial (IA) y los bulos, tanto en los canales digitales como en el boca a boca, apelan más a nuestro bienestar diario o al cambio climático.
Un informe de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología revela que el 13,3% de los encuestados admite haber compartido alguna vez información falsa
La información sobre nutrición, tecnología o salud interesa cada vez a más personas, pero el ecosistema en el que esta se mueve está plagado de bulos difíciles de esquivar, detectar y frenar. En 2022, el primer Informe sobre la Desinformación Científica en España reportaba que una de cada 10 personas no se siente nada segura de que la información que recibe sea veraz. Entonces, la pandemia del coronavirus inundaba aún los medios y mucha de la desinformación científica giraba en torno a las vacunas, el número de muertes o las vías de contagio. Ahora, a este ecosistema se ha añadido que la inteligencia artificial (IA) y los bulos, tanto en los canales digitales como en el boca a boca, apelan más a nuestro bienestar diario o al cambio climático.
Hoy se publica un nuevo informe, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt), en el marco del proyecto Iberifier Plus, donde se destaca la implantación de la IA como uno de los canales a los que más recurrimos para informarnos sobre temas científicos. Las herramientas de IA generativa se utilizan, al menos semanalmente, por casi un tercio de las personas encuestadas para el estudio (32,3%), por delante de la prensa y la radio. La usan a diario el 14,3%, proporción que asciende al 28,8% entre los más jóvenes (16 a 24 años) y cae al 7% en los mayores de 65 años. Sin embargo, cuando se pregunta por la confianza en los distintos canales, el 62,4% cree que la IA facilita la distribución de desinformación y un 29,8% reporta haber recibido bulos a través de alguna de estas herramientas.
Este desajuste entre el uso y la confianza es uno de los principales hallazgos del informe que firman Celia Díaz Catalán, investigadora en Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, y Pablo Cabrera Álvarez,investigador en el Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex (Reino Unido). Tal y como explican los investigadores en el documento, “se consume lo que no se cree del todo, quizás porque es lo más accesible y lo más inmediato”. Y esto no sucede solo con la IA: en torno a un 70% responde que la mayor parte de la desinformación la reciben a través de las plataformas de vídeo y las redes sociales, que son precisamente los canales más utilizados.
Los autores reconocen en el informe que hace años que esta lógica rige el consumo de redes sociales, y parece que ahora también la de la IA, con la diferencia de que esta es “mucho más nueva, mucho más opaca en su funcionamiento y produce contenidos cuya veracidad es más difícil de distinguir”. Por eso, afirman también, “la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso se ha convertido en una competencia fundamental para la vida ciudadana”. Respecto a esta capacidad, el informe detecta lo que se conoce como el efecto de la tercera persona, un sesgo cognitivo por el que tendemos a considerar que los otros son más vulnerables que nosotros a la influencia de los medios. Mientras el 51,5% se cree capaz de detectar un bulo, la confianza en la capacidad de los demás es solo de un 18,1%.
Cuando se pregunta a las personas encuestadas, que han sido un total de 2.215, si alguna vez han compartido alguna información científica falsa, un 13,3% admite haberlo hecho en conversaciones presenciales o telefónicas y un 9,5% a través de redes o mensajería instantánea. Para comprender mejor qué lleva a las personas a contribuir a la propagación de bulos, los investigadores realizaron un experimento en el que se preguntaba a las personas por su intención de compartir una información científica falsa después de haberse parado a pensar en dos cosas diferentes. A un grupo se le pidió valorar la veracidad de la información antes de compartirla, lo que redujo la intención. A otro grupo se le hizo identificar las emociones que le producía la información, lo que les hizo compartirlo más, independientemente de la emoción.
Para Carolina Moreno, catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia, que no participa en el estudio pero valora el informe en una declaración proporcionada por el Science Media Centre de España, esto pone de manifiesto que “cuando las personas se detienen a preguntarse si una noticia es creíble o si merece la pena verificarla, disminuye significativamente su intención de difundir contenidos falsos, es decir, se actúa de forma menos impulsiva”. En contraposición, uno de los peligros que destacan los autores respecto a cómo nos comportamos ante la desinformación es que los datos de este informe muestran que la autoconfianza en la capacidad de detectar bulos no protege de compartir desinformación. Para afirmar esto, se apoyan en que quienes se perciben muy capaces de poder detectar bulos declaran haber compartido desinformación en redes en la última semana en mayor proporción que aquellas personas que no tienen ninguna seguridad: un 13,9% frente a un 2%.
Cabrera, uno de los autores del informe, aclara a EL PAÍS que, aunque compartir bulos no equivale a creérselos, “aumenta el ruido que alimenta la desconfianza en la información científica”. En el informe, los autores también evalúan los factores que predicen la intención de compartir desinformación científica. La adhesión a teorías conspirativas sobre ciencia y salud o al populismo científico –desconfiar del conocimiento experto y reivindicar el sentido común como alternativa válida–, así como la pasividad informativa, incrementan dicha intención. Sin embargo, el efecto contrario lo encuentran en la alfabetización científica y mediática, y no tanto en el nivel educativo. “Las medimos a través de ítems más concretos, como si comprenden cómo funciona el ecosistema mediático o el método experimental de las ciencias”, explica Díaz sobre la diferencia con el nivel académico, que por otros estudios se sabe que no es garantía de evitar caer en la desinformación.
Los autores acaban el informe haciendo algunas recomendaciones, que para el caso concreto de la IA consisten en que los programas de alfabetización mediática incorporen “de forma explícita y urgente la comprensión del funcionamiento de los sistemas de IA generativa como canal concreto con sesgos, limitación y riesgos específicos”. Además de eso, consideran importante exigir a las empresas de IA generativa la trazabilidad y citación de fuentes en las respuestas sobre salud y ciencia, y promover el etiquetado de contenidos sintéticos conforme al Reglamento Europeo.
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