La reciente alza de la inflación en Estados Unidos y en la Zona Euro no debe generar pánico, pero sí exige una vigilancia disciplinada y sin concesiones sobre la evolución de la oferta monetaria y las actuaciones de los bancos centrales. Conviene recordar que la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario. Surge cuando la cantidad de dinero en circulación crece de forma sistemática y continuada más rápido que la producción real de bienes y servicios de una economía.
No hay justificación para un temor excesivo si se mantiene la disciplina monetaria: controlar el dinero permite controlar la inflación a largo plazo.
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La reciente alza de la inflación en Estados Unidos y en la Zona Euro no debe generar pánico, pero sí exige una vigilancia disciplinada y sin concesiones sobre la evolución de la oferta monetaria y las actuaciones de los bancos centrales. Conviene recordar que la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario. Surge cuando la cantidad de dinero en circulación crece de forma sistemática y continuada más rápido que la producción real de bienes y servicios de una economía.
Como explicó Milton Friedman, los shocks de oferta -ya provengan del encarecimiento repentino de la energía, de conflictos bélicos internacionales o de cuellos de botella en las cadenas globales de suministro- generan cambios de precios relativos, no un proceso de inflación persistente. La única manera de que esto se produzca es que la política monetaria lo acomode, bien sea inyectando liquidez o manteniendo los tipos de interés artificialmente bajos por miedo a ralentizar la actividad económica.
A mediados de 2026, los datos muestran un repunte moderado del nivel general de precios tras un período previo de desaceleración. En EEUU, el IPC interanual se situaba en el entorno del 3,4% en julio -tras experimentar un pico cercano al 4,2% en mayo-, y la inflación subyacente oscilaba en niveles del 2,5%. En la Eurozona, el Índice Armonizado de Precios al Consumo (HICP) alcanzó un 3,3% en agosto. En España, se situó algo por encima, entre el 3,5-4,5% según las mediciones de los meses más recientes. A escala global, la tasa de inflación media se ha elevado hacia el 4%.
Aunque estos niveles superan de forma evidente los objetivos oficiales del 2% fijados por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, se encuentran muy alejados de las cotas máximas registradas durante la crisis de 2022. La causa inmediata de este comportamiento reciente reside en un shock de oferta clásico: el repunte de las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, que tensionó los mercados petroleros y elevó los costes de la energía. Este fenómeno no constituye «inflación» en el sentido estricto del término -es decir, como un proceso generalizado, acumulativo y autoperpetuado de pérdida del poder adquisitivo del dinero-, sino un ajuste de los precios relativos.
La evidencia muestra que, en ausencia de una acomodación monetaria expansiva, los shocks de oferta terminan disipándose por su propia dinámica: la demanda agregada se ajusta ante la pérdida de renta real, los consumidores sustituyen bienes y la oferta de mercado termina respondiendo. El peligro emerge si los bancos centrales reaccionan con laxitud; esto es, deciden ralentizar o revertir el ajuste de tipos para proteger el crecimiento a corto plazo, lo que incrementaría las expectativas de inflación y generaría presiones alcistas sobre los salarios y contaminaría la inflación subyacente.
De momento, el comportamiento de los agregados monetarios no apunta en absoluto hacia una explosión inflacionaria. El crecimiento interanual de la masa monetaria amplia (M3) en la Eurozona rondaba cifras muy moderadas, entre el 3,3% y el 3,4% a mediados de 2026, mientras que en Estados Unidos el agregado M2 crecía a tasas cercanas al 5%. A nivel global, aunque la liquidez amplia aumentó, no se observan ritmos de expansión descontrolados de dos dígitos como los registrados en el bienio 2020-2021. Si el producto nominal de las economías avanzadas crece a un ritmo de entre el 4% y el 5%, esta expansión moderada del dinero es plenamente compatible con la convergencia de la inflación hacia el objetivo a medio plazo.
El grave error cometido entre 2021 y 2022 consistió en permitir que la oferta monetaria creciera a tasas muy superiores al crecimiento del producto potencial. La posterior contracción del crédito y el drenaje de liquidez impulsados por la restricción monetaria condujeron a la desinflación (Borio C, Hofmann H & Zakrajek,Does money growth help explain the recent inflation surge? BIS Bulletin No. 67, Enero 2023).
¿Hay motivos para la preocupación hoy? Solo si los bancos centrales interpretan las presiones energéticas derivadas de los conflictos internacionales como una justificación para bajar tipos o reanudar expansiones de balance, la persistencia de la inflación aumentará. Asimismo, la presencia de elevados déficits fiscales financiados indirectamente por creación monetaria (dominancia fiscal) representa una amenaza que debe ser contenida.
Sin embargo, no existe justificación para una alarma excesiva si se mantiene la disciplina monetaria. La evidencia empírica respalda de manera abrumadora que una inflación elevada y persistente exige como condición previa e indispensable: una expansión monetaria excesiva. La respuesta correcta es dejar que el shock absorba temporalmente parte del poder adquisitivo real y mantener el ritmo de emisión monetaria alineado con el potencial productivo de la economía.
En términos prácticos, la hoja de ruta es clara: vigilar de cerca la evolución de la M2 y la M3, los agregados Divisia (que ponderan adecuadamente la liquidez de cada componente), la concesión del crédito bancario al sector privado y las expectativas de inflación a largo plazo. Si estas variables permanecen bajo control, las tensiones de precios cederán y la inflación retornará de forma gradual hacia el objetivo del 2%. Controla el dinero y controlarás la inflación a largo plazo.
*Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket.
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