«El cine muestra otro mundo, un mundo diferente», se escucha en A lullaby to the sorrowful mystery (Nana al misterio doloroso), la película muy anterior de Lav Díaz que con apenas 20 secuencias ocupa casi 8 horas en la pantalla como un sueño iluminado. No es, por cierto, la más larga de su filmografía siempre detenida. Magallanes no ocupa tanto (apenas se acerca a las tres horas), pero su radicalidad en el empeño de ofrecer otros mundos se mantiene intacta. Se diría incluso que, dos pasos más allá, lo que se busca ahora es acercarse no solo a un mundo diferente, sino a otro tiempo. Lo que propone en su nueva película el director filipino, de hecho, no es más que un drama histórico o de época con todas las consecuencias, con sus atrezzos peculiares, con sus galeones de otro siglo, son sus ropajes incomprensibles y con sus luces palpitantes de cera. Y desde ahí, y como es regla en todo su trabajo, el propio concepto de tiempo es refutado. Contra la duración que determina el entretenimiento como mercancía consumible y, por ello, desmemoriada, él insiste en proponer un tiempo íntimamente ligado al espacio en el que transcurre; un espacio selvático y algo salvaje infectado de humedad, de misterio, de sangre, de lentitud y de espera.
Lav Diaz reescribe cerca de la hipnosis la hazaña del conquistador desde la locura del hombre común
«El cine muestra otro mundo, un mundo diferente», se escucha en A lullaby to the sorrowful mystery (Nana al misterio doloroso), la película muy anterior de Lav Díaz que con apenas 20 secuencias ocupa casi 8 horas en la pantalla como un sueño iluminado. No es, por cierto, la más larga de su filmografía siempre detenida. Magallanes no ocupa tanto (apenas se acerca a las tres horas), pero su radicalidad en el empeño de ofrecer otros mundos se mantiene intacta. Se diría incluso que, dos pasos más allá, lo que se busca ahora es acercarse no solo a un mundo diferente, sino a otro tiempo. Lo que propone en su nueva película el director filipino, de hecho, no es más que un drama histórico o de época con todas las consecuencias, con sus atrezzos peculiares, con sus galeones de otro siglo, son sus ropajes incomprensibles y con sus luces palpitantes de cera. Y desde ahí, y como es regla en todo su trabajo, el propio concepto de tiempo es refutado. Contra la duración que determina el entretenimiento como mercancía consumible y, por ello, desmemoriada, él insiste en proponer un tiempo íntimamente ligado al espacio en el que transcurre; un espacio selvático y algo salvaje infectado de humedad, de misterio, de sangre, de lentitud y de espera.
Magallanes cuenta la historia del conquistador portugués —al que da vida libre de arrogancias y con una ingenuidad adorable Gael García Bernal— empeñado en mostrar, otra vez, otro mundo. O, mejor, el mismo mundo de siempre pero desde otra perspectiva, desde el estrecho de Malaca que abre otro camino para la navegación hacia el sudeste asiático, hacia Filipinas. La cinta arranca justo ahí, con el descubrimiento que también es una intuición de un nuevo universo. Acto seguido, desde Lisboa, el navegante se pelea por la patente y explotación de su nuevo hallazgo. Todo sea para evitar la competencia de los barcos castellanos y turcos. Pero todo visionario vive de y contra sus obsesiones. La ruta requiere pactos con unos, con otros y con la propia familia; precisa negociación con la monarquía española, y obliga a una gran aventura al borde de la misma muerte. El último acto de Magallanes sitúa a nuestro héroe en el momento en el que él y los suyos arriban a la costa del Pacífico, se encuentran con los indígenas, intentan comunicarse con ellos y, como consecuencia necesaria del enfrentamiento de dos mundos, estalla la guerra, la masacre, el dominio y la incomprensión. Al fondo, la religión de un lado frente a la del otro, y la obsesión de un hombre contra todos y cada uno de sus fantasmas.
Díaz compone su particular concepción de la épica desde los gestos mínimos. Nada que ver con el exceso wenerherzogiano de Aguirre, la cólera de Dios. No se trata de narrar la vida de gigantes, sino de simples hombres en lucha con la intimidad y nimiedad de sus miserias, de sus pesares y, ya se ha dicho, de sus obsesiones. Y hacerlo de la mano de la pantalla entendida como lienzo, como escenario de otra batalla esencial entre dos universos que se encuentran por primera vez y para siempre. De la mano de un fotografía orgánica, vibrante y muy cerca de la hipnosis firmada por Artur Tort y por el propio director, la película navega en sentido literal y figurado por la pantalla sin prisa, con cada imagen demorada hasta la extenuación, como un sueño de otro mundo, de otro tiempo, de una forma de entender el cine tan peculiar y única como subyugante. «El cine muestra otro mundo, un mundo diferente», dice el director y no queda otra que darle la razón. Con entusiasmo incluso.
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Director: Lav Diaz. Intérpretes: Gael García Bernal, Darío Yazbek Bernal, Ângela Ramos. Duración: 160 minutos. Nacionalidad: Portugal.
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