De tanto el tanto, el cine se sorprende. Todo él. Hace unos años, las hermanas Rodríguez Colás (Carol como directora y Marina como guionista) firmaron Chavalas, una película de apariencia modesta, modales costumbristas y —atentos— unas interpretaciones sencillamente memorables a cargo de Victoria Luengo, Ángela Cervantes, Carolina Yuste y Elisabet Casanovas. Lo que se notaba menos en su momento y se antoja evidente ahora que estrenan (las dos como directoras) su segunda película es que, además de todo lo anterior, Chavalas era manifiesto; declaración de principios a favor de un cine que reivindica para sí la virtud y el privilegio de la voz propia. De repente, desde una ingenuidad asumida y lejos de la arrogancia de pretender dar la palabra a nadie, el cine de las Rodríguez Colás se antoja un ejercicio pasional tan claro y sincero como divertido y trágico; sin los tics de las producciones de laboratorio de festival y sin complejos para hacer suyas orgullosas las reglas del cine popular. Y de ahí, la sorpresa generalizada.
Las hermanas Rodríguez Colás insisten en el universo de Chavalas para confeccionar un retrato agrio, cálido y verista de la adolescencia y la lucha de clases
De tanto el tanto, el cine se sorprende. Todo él. Hace unos años, las hermanas Rodríguez Colás (Carol como directora y Marina como guionista) firmaron Chavalas, una película de apariencia modesta, modales costumbristas y —atentos— unas interpretaciones sencillamente memorables a cargo de Victoria Luengo, Ángela Cervantes, Carolina Yuste y Elisabet Casanovas. Lo que se notaba menos en su momento y se antoja evidente ahora que estrenan (las dos como directoras) su segunda película es que, además de todo lo anterior, Chavalas era manifiesto; declaración de principios a favor de un cine que reivindica para sí la virtud y el privilegio de la voz propia. De repente, desde una ingenuidad asumida y lejos de la arrogancia de pretender dar la palabra a nadie, el cine de las Rodríguez Colás se antoja un ejercicio pasional tan claro y sincero como divertido y trágico; sin los tics de las producciones de laboratorio de festival y sin complejos para hacer suyas orgullosas las reglas del cine popular. Y de ahí, la sorpresa generalizada.
Hermanos confirma el entusiasmo. A distancia del relato autobiográfico que alimentaba a la cinta anterior, ahora se trata de contar la historia de tres amigos de extrarradio que un buen día se aventuran en el más peligroso de los territorios: los barrios ricos. Ellos, cada uno a su modo, arrastran consigo todos los estigmas que la pobreza, en efecto, arrastra consigo, que son muchos y todos duelen. Sin paternalismos ni condescendencias, la cinta retrata con gusto, soltura, cuidado y una muy bien educada y desprejuiciada ternura asuntos tales como la amistad, el orgullo frente al desprecio y los abismos de la clase. Las Rodriguéz Colás no evitan ni la rima evidente ni la reflexión política ni el improperio si es preciso. Y siempre con un descaro a prueba de las miradas de superioridad, de los gestos de pijo listo y de las frases hechas.
Como teoría general, hay un cine que mancha, que se obceca en mezclarse con el lodo de lo real; cine que hace suyo ese barro hasta transformarlo en material noble desde el que moldear y dar sentido a precisamente la realidad. Hablamos de un cine que no busca ni ser simplemente espejo costumbrista ni experimentar cerca del límite, sino dar con el mecanismo emancipador de la representación. Tal cual.
La idea es discutir la jerarquía que coloca de un lado al creador y del otro al espectador. Es un cine heredero a su modo (muy a su modo) de otro cine no tan antiguo fechado allá en los 60 y siempre empeñado en la refriega. Hablamos de un cine que registraba las manifestaciones, las discusiones políticas a pie de fábrica, los enfrentamientos con la policía o la actividad de los llamados Comités de Acción no con la intención de componer un simple documento más o menos realista, más o menos testimonial. Lo que importa es la toma de la palabra, el cuestionamiento mismo de, otra vez, la representación. Si lo que se denuncia es, en palabras de Godard, «la indignidad de hablar por otros», lo que cuenta es la reapropiación del significado de cada imagen antes impuesta. La representación, en definitiva, sólo es inteligible por un ejercicio activo de autorrepresentación. Y aquí, sin duda, Hermanos, cine vivo, cine feroz, cine con las manos sucias que sorprende y se sorprende.
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Dirección: Carol Rodríguez Colás y Marina Rodríguez Colás. Intérpretes: Badr Oubahassou, Pau Márquez, Omar Mills. Duración: 84 minutos. Nacionalidad: España.
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