Mirar de otra manera, para mirar mejor, para mirar más nítido, para compartir la mirada. Este podría ser el lema (si es que hiciera falta tal cosa) del cine de Patricia Ortega, siempre empeñado en reconstruir la sexualidad desde los márgenes para restituirla a su lugar, que no es otro que su condición de no disponer de lugar alguno. Todos los lugares sin excepción, incluso los aún siquiera imaginados, le pertenecen. Por elevar la conversación, es Michel Foucault el que mantiene que la sexualidad no es tanto, como se tiende a creer de manera casi instintiva, una revelación de un deseo oculto y secreto, como un elemento más de nuestra libertad. Creamos el sexo por la sencilla razón de que el sexo es obra nuestra. Y, dicho y razonado esto, el pensador concluye solemne: «El sexo no es una fatalidad, no; es una posibilidad de vida creativa». Pues ahí, exactamente se coloca Patricia Ortega con películas como Yo, imposible, sobre la intersexualidad; Mamacruz, sobre el descubrimiento del placer en la vejez, o Nueve lunas, sobre una nueva paternidad merced a la realidad trans.
Patricia Ortega propone una nueva mirada a la transexualidad tan real y liberada de prejuicios en su argumento como adocenada y narrativamente convencional en los modos
Mirar de otra manera, para mirar mejor, para mirar más nítido, para compartir la mirada. Este podría ser el lema (si es que hiciera falta tal cosa) del cine de Patricia Ortega, siempre empeñado en reconstruir la sexualidad desde los márgenes para restituirla a su lugar, que no es otro que su condición de no disponer de lugar alguno. Todos los lugares sin excepción, incluso los aún siquiera imaginados, le pertenecen. Por elevar la conversación, es Michel Foucault el que mantiene que la sexualidad no es tanto, como se tiende a creer de manera casi instintiva, una revelación de un deseo oculto y secreto, como un elemento más de nuestra libertad. Creamos el sexo por la sencilla razón de que el sexo es obra nuestra. Y, dicho y razonado esto, el pensador concluye solemne: «El sexo no es una fatalidad, no; es una posibilidad de vida creativa». Pues ahí, exactamente se coloca Patricia Ortega con películas como Yo, imposible, sobre la intersexualidad; Mamacruz, sobre el descubrimiento del placer en la vejez, o Nueve lunas, sobre una nueva paternidad merced a la realidad trans.
La película cuenta la historia de una posibilidad tan real como poco contemplada: que un hombre trans quedé embarazado y, desde ahí, se plantee y nos plantee la certeza de una inédita paternidad sin género (pues también es maternidad) alejada de tópicos, frases hechas y frustraciones. El punto de partida, como la propia pregunta, gustan por su atrevimiento, su cercanía y su falta de complejos. El problema viene después. La película, como su anterior trabajo, está contada de manera realista, casi costumbrista. Todo discurre en el interior de una familia más bien modesta que acepta y entiende lo que sucede con una naturalidad sobrevenida capaz de arramblar con cualquier prejuicio. Sin embargo, desde la perplejidad que provoca lo poco que se parecen los actores (Zack Gómez-Rolls y Sara Sálamo) que dan vida al protagonista antes y después de la transición, a los interludios surreales o solo fantásticos en el que el personaje principal habla consigo mismo, pasando por la tendencia a la caricatura de muchos de los secundarios, todo ello desdibuja el propósito original de manera grave.
Nueve lunas duda —muy al contrario, se podría decir, de su protagonista— en el género en el que quedarse. Le falta la sinceridad de Mamacruz y le sobra ese empeño en el melodrama perezoso y didáctico más propio del lenguaje televisivo en el que cae con demasiada frecuencia. Se podría entender esto último como una concesión en su empeño de acercarse a un público lo más amplio posible y al que, de entrada, se le suponga una cierta aversión al argumento tratado. Pero eso, en verdad, lejos de ser disculpa, es una concesión que hace que se resienta el núcleo de un argumentario solo defendible desde la más radical sinceridad, sin atajos ni golpes de efecto. En cualquier caso, el lema (si es que algo así es necesario) permanece: mirar de otra manera, para ver más nítido.
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Directora: Patricia Ortega. Intérpretes: Zack Gómez-Rolls, Jorge Sanz, María León. Duración: 98 minutos. Nacionalidad: España.
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