El escenario es una ciudad de la Amazonia: Altamira, una de las campeonas en deforestación. Frente a las puertas de la sede de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas, la agencia indigenista del Gobierno brasileño, el pasado 15 de mayo se agolpan decenas de personas. Se autodeclaran “productores rurales”. Algunos lo son y han conseguido poseer tierras por medios legales. Pero hay muchos otros que son grileiros, como se denomina a quienes roban tierras públicas, un método criminal tradicional que consiste en convertir la selva en terreno baldío con fines especulativos. En el interior, el auditorio está lleno hasta los topes para protestar contra la demarcación y el desalojo de invasores de las tierras indígenas. De repente, afuera, uno de los líderes de los terratenientes comienza un discurso informal que podría resumirse así: solo un mierda quiere ser profesor.
Cómo y por qué el discurso de la extrema derecha contra la educación pública se propaga y condiciona la vida y las elecciones
El escenario es una ciudad de la Amazonia: Altamira, una de las campeonas en deforestación. Frente a las puertas de la sede de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas, la agencia indigenista del Gobierno brasileño, el pasado 15 de mayo se agolpan decenas de personas. Se autodeclaran “productores rurales”. Algunos lo son y han conseguido poseer tierras por medios legales. Pero hay muchos otros que son grileiros, como se denomina a quienes roban tierras públicas, un método criminal tradicional que consiste en convertir la selva en terreno baldío con fines especulativos. En el interior, el auditorio está lleno hasta los topes para protestar contra la demarcación y el desalojo de invasores de las tierras indígenas. De repente, afuera, uno de los líderes de los terratenientes comienza un discurso informal que podría resumirse así: solo un mierda quiere ser profesor.
Los ataques de la extrema derecha contra la educación pública, las universidades y la ciencia son mundiales, basta ver las acciones de Donald Trump en su segundo mandato. Pero estamos en el interior de la selva amazónica, en una ciudad situada a unos 800 kilómetros de la capital más cercana (Belém, donde se celebró la última Cumbre del Clima de la ONU), y el ataque a la educación pública y a la figura del “profesor” se está inoculando deliberadamente en un grupo que actúa para impedir el avance de la demarcación de las tierras indígenas.
“¿Que le voy a decir a alguien que es un mierda? Hay que decir las cosas como son. El noventa por ciento de los que están en la educación pública están ahí porque no han conseguido nada en otro sitio. ¿Y quiénes son los tíos más inútiles de la universidad, los que se pasan diez años ahí y solo van a fumar porros? Pues esos son los que acaban siendo profesores. ¿Quién quiere ser profesor aquí? [y señala a uno y a otro]. Nadie quiere ser profesor. […] Entonces van ellos e imponen su ideología”.
El ataque a la educación pública y a la figura del profesor surge a raíz de un debate sobre qué hacer con los empleados que votan al Partido de los Trabajadores (PT), el del actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva: si despedirlos o convencerlos. Los sondeos indican que, si no hay ningún giro inesperado, las elecciones presidenciales de octubre en Brasil se disputarán entre Lula, que busca la reelección, y Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente Jair, actualmente en prisión por intento de golpe de Estado. La posibilidad de que la extrema derecha vuelva al poder es real.
En el discurso, la educación pública y los profesores son los responsables de las victorias de Lula y del PT, las victorias de la izquierda. Y, para ellos, la única forma de frenar la demarcación de tierras y abrir aún más la mayor selva tropical del planeta a la soja, la ganadería y la minería es garantizar el regreso de la extrema derecha.
Los ataques contra la educación pública y, en especial, contra la figura del profesor han sido sistemáticos a medida que avanza la extrema derecha. En 2018 fueron fundamentales para la victoria de Bolsonaro padre, en una campaña donde Paulo Freire (1921-1997), el pensador de la educación más destacado de la historia de Brasil, se convirtió en blanco más de 20 años después de su muerte. Todo indica que este discurso de odio contra la educación pública y el profesorado puede intensificarse y extenderse aún más durante el período electoral. El año pasado, varias universidades ya sufrieron ataques. En abril de 2025, en la Universidad de Brasilia (UnB), extremistas de derecha convocaron una manifestación a la que llamaron “Make UnB Free Again”, en inglés, en alusión al lema “Make America Great Again” de los seguidores de Trump.
Más que un fenómeno, el discurso de odio contra la educación pública y el profesorado, así como contra la ciencia y el conocimiento, es un proyecto, y su diseminación es deliberada. Al público se le contrapone el “espíritu emprendedor”, el tipo que crea negocios, que no depende del Estado. Claro, porque el Estado, cuando cumple su función, es el que impide que quienes difunden ese discurso se apropien, por ejemplo, de tierras públicas para obtener beneficios privados. Así, en Brasil, el empleo asalariado formal y su cartilla laboral, símbolo histórico de los derechos de los trabajadores, se atacan como si fueran “algo de pringados”. Este discurso, a pesar del esfuerzo de los profesores por mostrar la trampa que encierra esa idea, se propaga en las escuelas públicas, donde estudian los más pobres.
El conocimiento, que exige esfuerzo, se menosprecia. Nadie necesita aprender, el presunto emprendedor ya sabe. La ciencia, que anuncia el calentamiento global y, por lo tanto, exige acciones que impidan, por ejemplo, que la selva más grande del mundo se convierta en un monocultivo de soja, es una enemiga. La verdad se basa en la experiencia personal —o en el deseo— y no en los hechos. El pensamiento crítico debe eliminarse y, en su lugar, debe entrar la fe mucho más allá del ámbito religioso. Las cosas son así porque creemos que son así, no porque los hechos lo demuestren.
Por qué la extrema derecha que avanza por el mundo ha convertido la escuela, el profesorado, el conocimiento y la ciencia en enemigos políticos es obvio. Por qué las personas que la extrema derecha aniquila se adhieren en masa a lo que las aniquila es más complejo. En Brasil, una de las explicaciones de la adhesión de parte de la clase media al discurso del odio es la pérdida de la exclusividad en las universidades públicas, a raíz de los programas de acceso para los más pobres, los negros y los indígenas que pusieron en marcha principalmente los gobiernos del PT. La pérdida de la exclusividad se rechazó y, a menudo, se denunció con violencia. Una de las hipótesis es que, si en esas universidades “cualquiera puede entrar”, ya no importa entrar. Como si quienes históricamente han sido tratados como los sin valor en la sociedad brasileña, al acceder a la universidad por la vía de la democracia la devaluaran, lo que muestra lo enfermo que está este país forjado sobre cuerpos negros e indígenas.
Mi hipótesis más central, sobre la que escribo hace muchos años, es que la adhesión al discurso de odio de la extrema derecha es la pérdida de suelo firme en un mundo en colapso. Ante el hecho más duro, el de que estamos en peligro de extinción, uno se adhiere a la ilusión de que es un invento de la ciencia, enemiga del pueblo. Ante la terrible verdad de que los accionistas mayoritarios de las grandes corporaciones de combustibles fósiles, así como los gobiernos y los parlamentos que les sirven, están aumentando la producción de la principal causa del calentamiento global, es mejor creer en las mentiras. Ante un presente cada vez más sombrío y un futuro que, según todo parece indicar, será aún más hostil, es mejor creer en el retorno a un pasado que nunca existió, que es precisamente la mentira que tan bien le funciona a la extrema derecha.
Es posible que la mayoría no sea capaz de poner nombre a lo que tanto les desespera y les asusta, pero sienten. Lo sienten en los huesos, en el suelo que desaparece, cada vez con más frecuencia también literalmente, bajo sus pies. Para tener la oportunidad de hacer frente al proyecto mortífero y de eficacia probada de la extrema derecha, la izquierda debe ser capaz de inspirar a una población dominada por el miedo a imaginar un futuro en el que pueda y quiera vivir. Para luchar hay que imaginar primero, y este es el principal proyecto humanitario de este momento.
En este proyecto, urgente, hay que reconocer el valor de la escuela pública y del profesorado, empezando por los salarios y las condiciones para educar. Y la verdad, la que se basa en los hechos, es que muchos gobiernos de izquierda se han olvidado de valorar a los profesores y han invertido mucho menos en la educación pública de lo que sería mínimamente decente. La extrema derecha ha encontrado las puertas abiertas y un terreno fértil para su discurso de odio porque, en Brasil y en muchos países, los gobiernos progresistas se han olvidado de aprender con los profesores.
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