Hay un problema de base en todos los relatos más o menos épicos que consiste en decidir cuándo hacer entrar a la caballería que todo lo salva. Es decir, el momento en el que la épica da paso a la hípica. La gracia consiste en medir los tiempos, en lograr un instante virtuoso en el que lo relevante sea la redención, o catarsis, y no el ruidoso galopar equino. Digamos, por adelantar la puntuación, que Karateka mantiene el pulso, sujeta con fuerza las riendas y no permite que la equitación acabe con la emoción. Que es de lo que se trata.
El cine épico deportivo vive de la mano de Aritz Moreno una simpática y enérgica reformulación tan ortodoxa en las formas como ligeramente disruptiva en el fondo
Hay un problema de base en todos los relatos más o menos épicos que consiste en decidir cuándo hacer entrar a la caballería que todo lo salva. Es decir, el momento en el que la épica da paso a la hípica. La gracia consiste en medir los tiempos, en lograr un instante virtuoso en el que lo relevante sea la redención, o catarsis, y no el ruidoso galopar equino. Digamos, por adelantar la puntuación, que Karateka mantiene el pulso, sujeta con fuerza las riendas y no permite que la equitación acabe con la emoción. Que es de lo que se trata.
En rigor, lo que propone Aritz Moreno es un regreso, a la vez que reformulación, a todos los relatos deportivos y de artes marciales que hemos visto hasta ahora. Sobre todo, a los más convencionales y reconocibles, los menos ariscos, los del triunfo antes que los de la derrota. Hay más de Karate Kid que de Kill Bill (aunque, cuidado) y más de Rocky que de La soledad del corredor de fondo. La película se basa en la vida (la real) de Sandra Sánchez y la de su compañero, entrenador y cómplice Jesús del Moral. Ella es, para situarnos, Daniel Larusso (aunque sin renunciar a ser también un poco Beatrix Kido o La novia) y él, sensei Miyagi. Juntos habrán de recorrer el camino que va desde la incomprensión y el sacrificio a la cima, que no es tanto la medalla de oro olímpica, aunque también, como el reconocimiento y aceptación de que el camino, que no el fin, es el verdadero sentido de cualquier viaje. Suena convencional, pero, en efecto, de eso se trata.
Toda la película, de hecho, existe no tanto para contar una historia como para recontarla. Desde el momento que cualquiera de nosotros, más o menos aficionados al arte marcial oriental, quedamos una vez fascinados ante la tele por la elegancia, energía y plasticidad, a la vez violenta y profundamente estética, de eso que llaman kárate kata sabemos perfectamente cuál es el final de todo esto. Hace tiempo que Sandra nos conquistó sobre el tatami y fuera de él en cada una de las infinitas y muy entusiastas entrevistas tras su oro. Difícil es olvidar sus gritos y más aún su sonrisa. Es decir, no hay sorpresa posible. Estamos con Sandra. Pero, como decimos, de lo que se trata en verdad es de aceptar el rigor cíclico de un relato eterno, el placer de un cuento que no solo no se agota al contarlo sino que crece cada vez que se narra. De hecho, no es tanto historia como mito.
Aritz Moreno, que ya había dado muestras de su vocación por la narración alambicada y siempre sorprendente en películas como Ventajas de viajar en tren (en verdad una película sobre la propia posibilidad de la narración) y Moscas, atempera ahora el gesto y, sin renunciar a la claves de su modo de ver el cine, deja que el relato fluya y se choque contra esas piedras inmutables del imaginario colectivo, de la memoria de todos. Sandra tuvo de retomar el kárate tras verse obligada a abandonarlo por la enfermedad de su madre. Sandra tuvo que pelear contra la burocracia de una federación que no la reconocía como una de los suyos y que, además, la veía ya mayor para la competición. Sandra tuvo que pelear sola hasta que reconoció en Jesús el remedio contra tanta soledad. Sandra entendió que la rivalidad no trae consigo ni odio ni venganza. Y Sandra fue por fin la que tanto quiso ser. El héroe (en este caso heroína) va a la guerra y vuelve a casa, la Iliada y la Odisea, una detrás de otra.
El resultado es una película emocionante, divertida y cabal guiada por las interpretaciones emocionantes, divertidas y cabales de Andrea Ros y Patrick Criado. El resultado es pura épica, que no, aunque en un momento dado entre la caballería, hípica.
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Director: Aritz Moreno. Intérpretes: Andrea Ros, Patrick Criado, Ernesto Alterio. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: España.
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